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¿Qué repercusión tiene en la salud de un niño, nacer con un defecto del corazón?

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Algunos bebés nacen con enfermedades cardíacas que afectan el funcionamiento de su corazón. De acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC, del inglés Centers for Control Disease and Prevention), aproximadamente uno de cada cuatro bebés que presentan un defecto cardíaco tiene un defecto cardíaco de nacimiento grave, que va a necesitar de una cirugía u otro procedimiento durante el primer año de vida.
 
Cabe destacar que, en ocasiones, los bebés nacidos con esta condición pueden verse saludables y ser enviados a casa sin que se detecte su enfermedad cardíaca. No obstante, enfrentan el riesgo de padecer complicaciones graves en los primeros días o semanas de vida, requiriendo atención médica inmediata (estas enfermedades se encuentran entre las anomalías congénitas más frecuentes y de mayor mortalidad en el mundo, con una prevalencia de 70 – 80 por 10.000 recién nacidos vivos).
 

Entre los síntomas que indican alerta, se encuentran los siguientes: labios, lengua o uñas de color gris pálido o azul –esta coloración se conoce como cianosis y se produce debido a una oxigenación insuficiente de la sangre–; respiración rápida; hinchazón en las piernas, el vientre o el área alrededor de los ojos; y falta de aire durante la alimentación, lo que ocasiona un aumento de peso insuficiente.



¿Identificas alguno de estos síntomas?



Ahora bien, puede que los defectos cardíacos congénitos menos graves se manifiesten durante la infancia: los niños mayores pueden evidenciar hinchazón en los pies, tobillos, piernas, vientre, hígado y venas del cuello; dificultad para respirar mientras realizan alguna actividad física –pueden sentir la respiración rápida, silbidos o una tos excesiva–; sudoración extrema mientras comen, juegan o hacen ejercicio; cansancio, pérdida de peso, desmayos o dolor de pecho. En todos los casos, será necesario solicitar ayuda de expertos y/o especialistas en el tema.
 
Asimismo, los lactantes y los niños con cardiopatías congénitas tienen altas probabilidades de presentar alteraciones en su nutrición, lo que retrasa su crecimiento y desarrollo, siendo más severo el compromiso en aquellos que demuestran insuficiencia cardíaca y cianosis. Pese a los avances en el tratamiento, la malnutrición sigue siendo un problema: el aporte calórico disminuido se asocia a un incremento de los requerimientos de energía, producto de la patología con la que conviven.
 
Estudios han demostrado que, a pesar de una adecuada ingesta calórica para la edad, el crecimiento se ve comprometido por causa del gran gasto energético que tienen los pacientes de esta población, en comparación con aquellos sin cardiopatía de la misma edad. Los niños con estas enfermedades usualmente presentan deterioro funcional y estructural en los órganos debido a la deficiencia de nutrientes.
 
Además, por la restricción de líquidos a los que se someten, sufren alteraciones como capacidad gástrica reducida, anoxia –que hace referencia a la carencia casi absoluta de oxígeno en los tejidos del cuerpo o incluso en la sangre–, y congestión circulatoria. Este problema se agudiza al momento de intervenir quirúrgicamente al niño, pues su organismo no se encuentra en condiciones óptimas para poder enfrentar las agresiones a su salud, propias de la intervención, volviéndolo vulnerable a situaciones que aumentan el riesgo de morbimortalidad.
 
Igualmente, las personas que tienen un defecto cardíaco de nacimiento pueden desarrollar otros inconvenientes de salud con el pasar del tiempo: esto dependerá del defecto cardíaco y de la gravedad del mismo. Por ejemplo, pueden evidenciarse otros problemas cardíacos relacionados con arritmias (latidos irregulares), un mayor riesgo de infección cardíaca (endocarditis infecciosa) o enfermedades que debilitan el corazón (miocardiopatía).
 
Por lo anterior, el buen pronóstico de estas enfermedades dependerá de su detección temprana. Algunos de estos defectos pueden diagnosticarse durante el embarazo mediante un ecocardiograma fetal, que crea imágenes del corazón del bebé en gestación. Si no se encuentran durante el embarazo, podrían detectarse cuando nace el bebé o a medida que el niño crece.
 
De esta manera, es necesaria la remisión oportuna a un cardiólogo pediatra para el diagnóstico correcto mediante ultrasonografía y el manejo farmacológico apropiado; la coordinación con especialistas –entre los que se encuentran cirujanos cardiovasculares pediátricos, para realizar una o varias intervenciones quirúrgicas en el momento indicado–, el adecuado manejo postoperatorio, así como el seguimiento y control médico a largo plazo.
 
Los problemas que puedan surgir deberán resolverse en colaboración con los demás profesionales de área de la salud, con la finalidad de darle al niño las mejores condiciones para que tenga una evolución favorable en su tratamiento y durante los años que vengan.
 
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